CRÓNICA DE UNA CATA…

México, D.F.

Octubre 24, 2013.

Era un martes 25 de octubre de 2011. La invitación a una cata vertical de la bodega Adobe de Guadalupe estaba hecha. ¿A las 14:00 horas? -pensé-. ¿Quién hace una cata a esa hora?

Llegué al hotel Sheraton María Isabel; la anfitriona fue la señora Tru Miller, quien comentó que la cata es una de las estrategias que realiza la bodega, guardando un 20% de la producción de cada vino para observar la evolución de cada etiqueta. En esa ocasión fue el vino Kerubiel. Sin profundizar sobre el tema, me dijo: -Adelante, espero que lo disfruten.

Entré al salón de cata, y en vez de encontrar las tradicionales mesas con las respectivas sillas; habían dispuestas 8 mesitas, cada una con un vino cubierto con una tela amarilla -para ocultar el año de producción-; el cual teníamos que adivinar.

Sommeliers, periodistas y clientes, probaban –algunos a conciencia, otros con el seño fruncido denotando interrogación-, tratando de definir la añada.

Yo, como siempre he sido un aficionado del vino que se oculta con el disfraz de periodista, cumplí con mi participación y consideré que en la mesa 2 había un vino producido en 2006 (tenía taninos casi imperceptibles, sabor frutal, arándanos y cereza); en la mesa 1 supuse que el vino tenía una añada 2005 (al cual le percibí una acidez mejor integrada); en la mesa 6 el vino le puse año 2003 (que tenía un color tirándole a teja, y que se le percibía en boca la madera y un posgusto ligeramente mayor); en la mesa 8 consideré que el vino tenía añada 2004 (tenía un color granate, con una presencia aromática de madera y vainilla); en la mesa 7 me atreví a señalar que el vino tenía añada 2007 (pues en nariz estuvo muy cerrado, y solo se percibí fruta); en la mesa 3 equívocamente –ahora lo pienso- le agregué una añada 2001 (pero a juicio personal, consideré, que era el que estaba en su mejor momento); en la mesa 4 supuse que era añada 2002 (percibí una presencia alcohólica que no se reflejó en las otras añadas); y finalmente en la mesa 4 agregué que era añada 2000, pues había perdido su color brillante. Cabe añadir que en todas las añadas, en la fase gustativa, el vino parecía equilibrado y fácil de beber.

Después de dos años sigo pensando que la intención de hacer este tipo de catas es buena idea para dar conocer la calidad que se exige la bodega Adobe de Guadalupe; no obstante, como en todo tipo de cata, es importante que alguien la dirija (ya sea sommelier, productor, enólogo, quien comercializa el vino, etc.) y que constate una valoración concluida una hora después de iniciada la cata; pues hasta la fecha no sé quién fue el sommelier que le atinó a las añadas. Sin miedo a la crítica debo confesar que mis valoraciones distaron un poco de la realidad.

La moraleja en esta historia es procurar hacer catas en horarios más flexibles (entre 11 a.m. y 2 p.m.; o, a partir de las 6 p.m. y hasta las 8 p.m.; tener siempre alguien que dirija la cata o explique el tipo de cata que se está haciendo; procurar que una cata para aficionados se realice en el margen de una hora, hasta dos horas máximo. Pero a pesar de ello, la cata resultó inédita para algunos asistentes; y para otros -contándome- resultó sí diferente, casi experimental pero sobre todo, muy lúdica.

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